Y como todos los años el Zaidín puso punto final a sus fiestas con otra sesión de rock y alrededores en directo para miles de espectadores dentro y fuera del recinto de conciertos. Por cierto que a los de fuera habría que recordarles la existencia de unas cosas que se llaman contenedores, que son cuadrados, grandes, huecos, verdes y sirven para depositar la basura que ellos tampoco querrían en su casa; pero, en fin, no hay mas que ver como queda una calle tras una procesión en semana santa o los alrededores del estadio cuando hay fútbol para comprender la democratización de los deperdicios. Dicho lo dicho, el esquema de la última noche de los festivales siguió el patrón ya habitual: dos grupos de promo para el efecto llamada (Térmicos y Chorrojumo), uno que de confirmación (Fausto Taranto), un clásico para veteranos y que la barra funcione (Ilegales) y otro de bulla para que el cuerpo aguante (la Pulquería). De libro.

Pocos vieron como siempre a los dos primeros, pero se perdieron precisamente parte de lo mejor de los tres días. Los Térmicos son animados y variadísimos (pop, surf, soul, blues, rockandroll.) con presentación muy sixtie, frescos y reviviendo lo mejor del alma vivaracha de los años sesenta, de aquí (hay temas que ni Los Salvajes) y de allí (¡ése órgano a lo Spencer Davis.!). ‘Todo es de color’ cantaba Lole y Fausto Taranto, pero algunos además brillan. Más concretos en lo suyo resultaron Chorrojumo, banda cargada de caras conocidas (su central Jebi González es lateral en Sondenadie por ejemplo) y aspiraciones de clasicismo, de diez años después que Térmicos, en una línea ideológicamente sonora próxima a la de Doblas: variados, rotundos y hasta duros llegado el caso; fue memorable el tórrido blues ‘progesivo’ que se marcaron con Allfreddom soplando la armónica con la fuerza de un trasatlántico llegando a puerto. Un grupo que se prodiga poco y que no se pierdan la próxima vez que se lo tropiecen: Chorrojumo, apúntenlo.